sábado, 20 de septiembre de 2008

La Bella de la Playa

Por Patricio Barrios Alday

Su hermosa figura, de piel tersa y brillante por las continuas asoleadas en el gran islote, se recortaba sobre las rocas que recibían, una y otra vez, las caricias de las salinas aguas pacíficas. No había posibilidad de confundirse. Era la más bella. No lo eran menos las otras que compartían el lugar, pero su estatura y presencia traían las más exquisitas evocaciones estéticas. Estaba realmente embobado. No sabía si eran sus grandes y voluptuosas caderas o la deliciosa humedad de sus ojos con párpados que bajaban coquetos cada vez que sus miradas se cruzaban. O su sonrisa, o sus blanca y bien cuidada dentadura, o su pelo sedoso y brillante, como brillante el sol que acariciaba su deseable cuerpo.

Tenía miedo de acercarse. Su experiencia le decía que no era posible que un ser tan bello estuviera sin compañía. Además, su apariencia, su físico podía no ser de la gracia de la agraciada, Pero enamorado convencido al fin, asumía que “la suerte del feo el bonito se la quiere”. Por eso, a pesar de su esmirriada figura, se lucía con saltos acrobáticos y zambullidas perfectas tratando de acaparar la atención de la bella bañista. Después de permanecer por varios minutos bajo el agua, aguantando a no dar más la respiración, se percató que no le era indiferente. Los húmedos ojos de la hermosa mostraban la preocupación por la suerte del pretendiente tras los permanentes y largos buceos. Una leve sonrisa de satisfacción se dibujó en su pequeño rostro. Se dio él mismo un apretón de manos bajo el agua y se acercó nadando, elegantemente, preparando la galantería para abordarla.

Su paso fue interrumpido por la aparición de un fornido. Lleno de músculos, pelo también brillante, de hermosos y cuidados dientes donde lucían –claro está- más los colmillos. Con cara de malos amigos, lanzó roncas palabrotas para marcar su territorio, su propiedad privada. La bella se sonrió. Se sabía bella. Y con un suave movimiento de sus bellas caderas expuso toda su bella espalda desnuda al bello sol.

Tuvo que huir. El fornido era mucho más fornido. En la cercanía su pequeñez era más pequeñez, pero afortunadamente, esa pequeñez le permitió la agilidad necesaria para alejarse del fornido de dientes y colmillos hermosos y bien cuidados.

Al fin y al cabo, era su destino de chungungo, de nutria de mar, ante el amor impenitente que todos los de su raza y estirpe le profesaban desde siempre –y no sabía la razón de esa sin razón-, a las hermosas figuras, de piel tersa y brillante por las continuas asoleadas en el gran islote, que tenían las lobas marinas que reposaban en los roqueríos que eran acariciados, una y otra vez, por las salinas aguas pacíficas.

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