domingo, 29 de marzo de 2009

¿Un Papa o la curia en problemas?

Librito

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Por Freddy Torres Oviedo



No se apaga el ruido de los tambores. Tras su viaje por el continente negro (Africa) y la encendida polémica sobre el sida y los preservativos, decir que Joseph Ratzinger es un papa cada vez más cuestionado es ser en este caso, más que obvio.
Fuera de la Iglesia no paran las críticas y los ataques. En Francia y Alemania, las encuestas entre católicos registran ya la palabra “dimisión”, y Gobiernos, ciudadanos y ONG’s dejan ver su abierto descontento.
Dentro del Vaticano, las cosas están igual. O peor. El Papa alemán fue elegido por los cardenales por su alta inteligencia. Pero, como dice el veterano vaticanista y escritor Giancarlo Zizola, “estos primeros cuatro años de papado sugieren que, por mucho que su inteligencia sea finísima, no le llega para gobernar la Iglesia”.
“Ratzinger es un prisionero de la curia, vive en una especie de Aviñón oculto, alejado de los episcopados nacionales, sin más apoyo que el de su pequeña camarilla”, explicó Zizola, autor del libro “Santità e potere. Dal Concilio a Benedetto XVI”.
El mismo cree que la crisis que vive el Vaticano “refleja una enfermedad crónica desde hace siete siglos: su sistema de Gobierno no funciona ni es colegial”. “La curia moderna es una maquinaria gigantesca, inoperante e inútil. Hay 35 cardenales en Roma. Están divididos en grupos, enfrentados, y se dedican a conspirar y a captar afines por los pasillos”.
Se trata de una batalla en toda regla, en la que los bandos se mezclan y se confunden. La revuelta estalló con el perdón a los obispos lefebvrianos. Un grupo amplio de obispos y teólogos moderados y conciliares (alemanes, franceses y latinoamericanos, sobre todo), hartos de no ser tenidos en cuenta, hizo ver su descontento al Papa. En respuesta, éste reprendió a la curia por no actuar de forma “colegiada y ejemplar”.
Zizola recuerda que Wojtyla intentó obviar una fractura que ya existía a base de carisma y comunicación. Su papado creció con la televisión y se convirtió en una especie de Show de Truman, la primera encíclica católica: le vimos envejecer, derribar el muro de Berlín, sufrir atentados, viajar, besar los suelos del planeta varias veces, agonizar en directo. Pero tampoco él fue capaz de reformar el sistema de gobierno. “Prefirió escaparse de Roma y tapar la crisis de la Iglesia y el vacío de gobierno”, dijo Zizola.
Mientras Wojtyla viajaba, Ratzinger estudia y escribe. Mucho más aislado y a la defensiva, el Papa soporta mal que le lleven la contraria. Su carta a los obispos reveló que le disgusta sobre todo el desamor, la intriga, “el odio y la hostilidad”. Su texto dibuja a una curia conspiradora, que aspira a mandar tanto o más que él, que mueve los hilos en la sombra, que filtra noticias, escondiendo la mano, para hacerse valer.
La peculiar sensibilidad de Ratzinger es una parte del problema. ¿Se trata de un “pastor alemán” como tituló Il Manifesto cuando fue nombrado, o “un cordero en medio de los lobos”, según la expresión del Evangelio de Mateo?
Eso es lo que dilucidares en el tiempo, pero su papado ya recuerda una especie de desazón al interior de la curia. Una desazón que podría traer más problemas a la atribulada Iglesia Apostólica Romana, una que todavía está por verse o lo que es peor agudizarse.

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